Las reflexiones de Ash todavía palpitan en mis sienes. Fijo la mirada en el punto blanco más alejado de la pared del salón. De fondo escucho el traqueteo de un martillo hidráulico y los gritos del vecino a sus hijos. -¡es la hora del baño¡¡- Sólo se oyen carcajadas infantiles y pasitos apresurados sobre el piso.
-¿Cómo es la sensación de la abstinencia?. Me lo pregunta de forma improvisada, como una excusa para iniciar una conversación trivial mientras se sienta, siempre dulce, a mi lado. Dejo de buscar arañas domésticas y construyo una respuesta. La primera es visceral: ¡¡jodida¡¡.
La segunda pretende ser científica. No aparece y me la invento: -"Se trata de una mezcla de stress, ansiedad y frustración". Entrecierra los ojos, incrédula. Desconfiada, sorprendida. - "No, no me has entendido. Hablo de la sensación física, como cuando tienes hambre o ganas de mear".
-Joder, pienso, sí que estamos profundos esta tarde. El caso es que busco un símil. Se me da bien eso de comparar cosas. Es raro que no encuentre parecidos razonables entre el gentío.
La imagen llega tarde pero aparece nítida. ¡¡Ya lo tengo¡¡ Es exactamente lo que estoy pensando. Se lo suelto como quien acaba de resolver el acertijo de las gaviotas. (Otro día lo contaré).
Jacques Mayol es un tipo raro que apenas habla. Vive en una isla del Egeo y pasa buena parte de su vida, despierto, metido en el agua. Yo también lo haría si viviese en una de las Cícladas. Francés al que llamarán, ya adulto, el hombre delfín. Lo definen así porque bate una vez tras otra el récord de inmersión en apnea. No respira durante un montón de minutos y desciende metros y metros...en el gran azul.
Yo también buceo. Asciendo, en busca de aire, agotado por la ausencia de oxígeno. Noto el pecho presionado, el cerebro unificando ansias. ¡¡sólo quiero respirar¡¡. Llego a la superficie. Inhalo profundamente y mi cuerpo se relaja. Revive. Segunda respiración profunda. Mejoría palpable. Puedo volver a sumergirme. En breve tendré que volver a emerger.
Enzo murió bajo el mar buscando no tener que respirar más. Jacques partió, muchos metros abajo. No le volvimos a ver. Yo llevo veintiocho días sin asomar la cabeza sobre las olas.Casi nunca.
Deja el sofá y enciende un pitillo. Me ofrece y abandono "el gran azul". Respiro poco, no por necesidad. Lo hago como un vestigio de algo que he empezado a asumir. No a olvidar.
miércoles, 3 de marzo de 2010
viernes, 26 de febrero de 2010
Tempus Fugit (Pat Morita)
Para nosotros el señor Miyagi regentaba el bar de las escapadas. Decíamos, con mucha mala baba, que trabajaba en Dirty Dancing y que, por la mala fama que tenía, introducía droga en los bocadillos de tortilla que devorábamos, sobre una mesa de billar, en los recesos escolares.
Pat Morita, el nuestro, estaba casado con una señora de aspecto conejil que, cuando todavía éramos casi-niños, ya tenía pinta de anciana. Simpática y resuelta. Desconfiada y huraña como sólo pueden serlo los que, como es el caso, han sido golpeados por la vida. Adornaban a la pareja dos muchachas de edad incierta e iguales atributos dentales que su progenitora.
El local era estrecho y raído. Adornado por una barra grasienta, sillas tapizadas de "escai" marrón de la post-guerra; mesas de formica de color indefinido; un billar,- "tiene mazo de caída neno"- que rebuznaban algunos; un recreativo ochentero y una máquina de discos de "a cinco pesetas" la pieza. La sinfonola habitual. Allí aprendí, sentado en el billar, cigarro en mano, la letra de Roxanne o el Hym to Her de los Pretenders.
Lo frecuentábamos siempre entre semana y ocasionalmente al principio, como costumbre más tarde, los sábados y domingos.
No íbamos por la tortilla, que también. El secreto estaba en la venta al por menor y en pequeñas dosis. Cuando tu paga diaria se reduce a cincuenta pesetas es poco factible disfrutar de tortilla con pan y un paquete de tabaco.Una cosa u otra. Así pues, el Señor Miyagi y sus bonsais, habían ideado, con mucho acierto, vender los paquetes de cigarros por piezas. Como un mecano para construir tu adicción.
Un lucky, cinco pesetas. Un Winston, entonces el rey, diez pesetas. Para comprar un ducados, a tres pesetas, tenías que pasarte al enemigo. Un local adjunto, la competencia, mucho menos concurrido, más oscuro y, a juicio de la señora Miyagi, con mucha menos categoría.
Si algún día te quedabas sin paga siempre podías recurrir a los fumadores oficiales. Tipos con recursos que disponían, por oscuras razones, de todo un arsenal de cigarrillos de toda clase. Funcionaban como las mafias y casi nunca negaban "un petillo" o "un cigadro", - tenían cierta tendencia a los defectos de pronunciación-. Eso sí, te lo ofrecían como limosna, sin mirarte a los ojos y, a modo Corleone, recordando que "algún día les deberías un favor". Solía consistir tal favor en respetar, sin mofa alguna, su defecto vocal o su gordura, también habitual.
Pat Morita, el nuestro, estaba casado con una señora de aspecto conejil que, cuando todavía éramos casi-niños, ya tenía pinta de anciana. Simpática y resuelta. Desconfiada y huraña como sólo pueden serlo los que, como es el caso, han sido golpeados por la vida. Adornaban a la pareja dos muchachas de edad incierta e iguales atributos dentales que su progenitora.
El local era estrecho y raído. Adornado por una barra grasienta, sillas tapizadas de "escai" marrón de la post-guerra; mesas de formica de color indefinido; un billar,- "tiene mazo de caída neno"- que rebuznaban algunos; un recreativo ochentero y una máquina de discos de "a cinco pesetas" la pieza. La sinfonola habitual. Allí aprendí, sentado en el billar, cigarro en mano, la letra de Roxanne o el Hym to Her de los Pretenders.
Lo frecuentábamos siempre entre semana y ocasionalmente al principio, como costumbre más tarde, los sábados y domingos.
No íbamos por la tortilla, que también. El secreto estaba en la venta al por menor y en pequeñas dosis. Cuando tu paga diaria se reduce a cincuenta pesetas es poco factible disfrutar de tortilla con pan y un paquete de tabaco.Una cosa u otra. Así pues, el Señor Miyagi y sus bonsais, habían ideado, con mucho acierto, vender los paquetes de cigarros por piezas. Como un mecano para construir tu adicción.
Un lucky, cinco pesetas. Un Winston, entonces el rey, diez pesetas. Para comprar un ducados, a tres pesetas, tenías que pasarte al enemigo. Un local adjunto, la competencia, mucho menos concurrido, más oscuro y, a juicio de la señora Miyagi, con mucha menos categoría.
Si algún día te quedabas sin paga siempre podías recurrir a los fumadores oficiales. Tipos con recursos que disponían, por oscuras razones, de todo un arsenal de cigarrillos de toda clase. Funcionaban como las mafias y casi nunca negaban "un petillo" o "un cigadro", - tenían cierta tendencia a los defectos de pronunciación-. Eso sí, te lo ofrecían como limosna, sin mirarte a los ojos y, a modo Corleone, recordando que "algún día les deberías un favor". Solía consistir tal favor en respetar, sin mofa alguna, su defecto vocal o su gordura, también habitual.
jueves, 25 de febrero de 2010
Chucky, el octavo pasajero.(introspección)
La estancia es de un verde angustioso y la atmósfera casi irreal. Mi estómago se despierta y tira hacia abajo de mis cuerdas vocales, como un Quasimodo colgado en mi externón. Feo y marchito. Tierno y deforme.
Interior y velas apagadas. Dejo de caminar y me vuelvo kourós. Hierático cual Ben Grimm, marmóreo. La calle Nancy cubierta de mierda y restos de peleas.
Ayer leí las notas de un psicólogo. Psicoanalistas tumbados en catres, todos con gafas y barba. Soñando zoofilias. Expulsando el ego de su entrepierna. El Id salvaje de su pecho enfermizo.
Vuelvo a la lectura. La nicotina ejerce de Tom Sawyer. Todo lo demás son los negros que le acompañan. La compara con un niño caprichoso. Hará cualquier cosa, llorar; patalear; tirarse por el suelo...hasta que, por agotamiento, cedas a sus pretensiones.
Yo le llamo Chucky. No hablo de Pedro Piqueras. El Muñeco diabólico de los ochenta está en la boca de mi estómago. Es el que tira del hilo para recordarme que debería de fumar. Me resisto. Pronto saldrá. Erupcionará como el Alien, cubierto de vísceras y restos de originalidad. Recuerdo a Ash: "- No podéis luchar contra él. Aún no comprendéis a lo que os enfrentáis. ¿no es cierto? Un perfecto organismo. Su perfección estructural es sólo comparable a su hostilidad". Me fumo un cartón. Uno tras otro. Toso y escupo verde sobre estátuas de cera.
Voy a despertar. Ya está bien de divagaciones. El frío me acuchilla otra vez. Ella sigue a mi lado. Hombro descubierto. Melena revuelta sobre espalda arqueada...desperezándose. Dando sentido....
Recuerdo y pienso en Chucky. Al final se muere. O lo que sea. Conclusiones.
Interior y velas apagadas. Dejo de caminar y me vuelvo kourós. Hierático cual Ben Grimm, marmóreo. La calle Nancy cubierta de mierda y restos de peleas.
Ayer leí las notas de un psicólogo. Psicoanalistas tumbados en catres, todos con gafas y barba. Soñando zoofilias. Expulsando el ego de su entrepierna. El Id salvaje de su pecho enfermizo.
Vuelvo a la lectura. La nicotina ejerce de Tom Sawyer. Todo lo demás son los negros que le acompañan. La compara con un niño caprichoso. Hará cualquier cosa, llorar; patalear; tirarse por el suelo...hasta que, por agotamiento, cedas a sus pretensiones.
Yo le llamo Chucky. No hablo de Pedro Piqueras. El Muñeco diabólico de los ochenta está en la boca de mi estómago. Es el que tira del hilo para recordarme que debería de fumar. Me resisto. Pronto saldrá. Erupcionará como el Alien, cubierto de vísceras y restos de originalidad. Recuerdo a Ash: "- No podéis luchar contra él. Aún no comprendéis a lo que os enfrentáis. ¿no es cierto? Un perfecto organismo. Su perfección estructural es sólo comparable a su hostilidad". Me fumo un cartón. Uno tras otro. Toso y escupo verde sobre estátuas de cera.
Voy a despertar. Ya está bien de divagaciones. El frío me acuchilla otra vez. Ella sigue a mi lado. Hombro descubierto. Melena revuelta sobre espalda arqueada...desperezándose. Dando sentido....
Recuerdo y pienso en Chucky. Al final se muere. O lo que sea. Conclusiones.
martes, 23 de febrero de 2010
Putaproteína
Mi cerebro acabará segregando una proteína que reactivará mi deseo de fumar. No me lo invento. Lo leo cuando llego a la redacción en una de esas páginas de noticias que se actualizan casi al minuto.
Ni me lo creo. ¡¡Tanto esfuerzo para que al final una proteína de la que no sé nada me haga volver a caer¡¡¡. No sé si tomármelo como una excusa y encender un cigarro ya mismo. Más vale anticiparse a los acontecimientos. También podría retomar las viejas lecciones, casi olvidadas, de la respiración abdominal y allanar el camino para cuando la "proteínadeloscojones" decida despertarse.
La cuestión, según el "teletipo", (nunca sé si siguen existiendo estas cosas) es que los fumadores, una vez lo hemos sido, alojamos en nuestro cerebro una sustancia que activa el deseo de fumar, lo que sea, en determinadas situaciones de stress, ansiedad o cualquier otra excusa. Lo arreglan los científicos, creo que británicos, y afirman que se puede controlar si se está preparado
Bajo al bar. Hace semanas que se me hace extraño porque no lo acompaño, mi café de siempre, de uno o dos cigarros. A cambio me meto, entre pecho y espalda, dos o tres tapas de tortilla con queso y empanadillas. Luego acabo el café e inmediatamente busco chicles por todos los bolsillos de mi chaqueta. Ha desaparecido la conversación prolongada y huyo rápidamente de mis contertulios para volver al refugio del despacho con su cartel de "prohibido fumar".
La tarde me aplasta con su monotonía.La ventana está cerrada y oscurece por momentos. Pronto llegaré a casa. No tengo ganas de fumar, al menos no tengo la sensación física de vacío que provoca la abstinencia. Lo de pensar en el tabaco es otra historia. A lo mejor es la "putaproteína"...
Ni me lo creo. ¡¡Tanto esfuerzo para que al final una proteína de la que no sé nada me haga volver a caer¡¡¡. No sé si tomármelo como una excusa y encender un cigarro ya mismo. Más vale anticiparse a los acontecimientos. También podría retomar las viejas lecciones, casi olvidadas, de la respiración abdominal y allanar el camino para cuando la "proteínadeloscojones" decida despertarse.
La cuestión, según el "teletipo", (nunca sé si siguen existiendo estas cosas) es que los fumadores, una vez lo hemos sido, alojamos en nuestro cerebro una sustancia que activa el deseo de fumar, lo que sea, en determinadas situaciones de stress, ansiedad o cualquier otra excusa. Lo arreglan los científicos, creo que británicos, y afirman que se puede controlar si se está preparado
Bajo al bar. Hace semanas que se me hace extraño porque no lo acompaño, mi café de siempre, de uno o dos cigarros. A cambio me meto, entre pecho y espalda, dos o tres tapas de tortilla con queso y empanadillas. Luego acabo el café e inmediatamente busco chicles por todos los bolsillos de mi chaqueta. Ha desaparecido la conversación prolongada y huyo rápidamente de mis contertulios para volver al refugio del despacho con su cartel de "prohibido fumar".
La tarde me aplasta con su monotonía.La ventana está cerrada y oscurece por momentos. Pronto llegaré a casa. No tengo ganas de fumar, al menos no tengo la sensación física de vacío que provoca la abstinencia. Lo de pensar en el tabaco es otra historia. A lo mejor es la "putaproteína"...
jueves, 18 de febrero de 2010
Joe Pesci
- "Fumas como el puto Robert de Niro". Me lo dijo sin maldad, más como un cumplido, a la salida del cine. Habíamos ido a ver "Uno de los Nuestros" y nos daba por fumar "Pall-Mall". Poníamos gesto inquisitivo, mirada entreabierta, piernas en ángulo obtuso, codo en rodilla y la mano del cigarro en el mentón. Eso en caso de estar sentados. De pie, el fumar exigía un punto de apoyo sobre el que colocar uno de tus pies y ocultar el cigarro en el borde cóncavo de la mano.
Duró poco, lo del Pall-Mall. Creo que se desvaneció la costumbre cuando estrenaron "Harley Davidson and The Malrboro Man", una mierda de película que en español tenía un título más mierda todavía. Lo del Marlboro no llegó ni a convertirse en habitual por razones obvias. Creo que era la sustancia legal más cara que podías fumar entonces.
"Uno de los Nuestros". La sala estaba casi llena. A principios de los noventa era casi extraño ver butacas vacías en los cines. Habíamos ido solos y, como siempre, yo había consultado la duración del largometraje para calcular mi tiempo de abstinencia del tabaco. La jodida rémora de los fumadores adictos.
El asiento era incómodo, rojo, "hiperusado" y con pegotes de chicle en los bajos. No quiero pensar que podría tratarse de cualquier otra sustancia gomosa. Lo sé porque quise pegar mi chicle en una zona atestada. Opté por hacer bola, envoltorio de papel y a rodar por el suelo de la sala.
La película empezaba voz en off y narración de tiempos adolescentes en la América de los años cincuenta. Habíamos ido a verla por la historia, nueva familia mafiosa, y el elenco protagonista: Ray Liotta, entonces muy prometedor, Robert de Niro y un desconocido Samuel L. Jackson. Puro Martin Scorsese de más de dos horas. El de la voz en off, lo supimos pronto, era Liotta. No sabía quien era Joe Pesci. Ni falta que me hacía.
Cuando vi su cara, la de Pesci, lo relacioné con un montón de películas más y enseguida se me hizo familiar. Fumaba compulsivamente, o eso me parecía. Todos los mafiosos lo hacen, casi todos, pero su porte italiano-chulesco-nacido en el Bronx, le conferían cierto aire de superioridad. ¡¡si hasta se carga al "Araña" por no servirle el gin-tonic a tiempo¡¡¡.
El Pall-Mall fue una especie de reminiscencia subliminal aportada por algún fotograma fugaz. Lo sacaban del maletero, montones de cartones, Pesci y Liotta al principio de la cinta.
A Joe Pesci, desde entonces, siempre le recuerdo fumando.
Duró poco, lo del Pall-Mall. Creo que se desvaneció la costumbre cuando estrenaron "Harley Davidson and The Malrboro Man", una mierda de película que en español tenía un título más mierda todavía. Lo del Marlboro no llegó ni a convertirse en habitual por razones obvias. Creo que era la sustancia legal más cara que podías fumar entonces.
"Uno de los Nuestros". La sala estaba casi llena. A principios de los noventa era casi extraño ver butacas vacías en los cines. Habíamos ido solos y, como siempre, yo había consultado la duración del largometraje para calcular mi tiempo de abstinencia del tabaco. La jodida rémora de los fumadores adictos.
El asiento era incómodo, rojo, "hiperusado" y con pegotes de chicle en los bajos. No quiero pensar que podría tratarse de cualquier otra sustancia gomosa. Lo sé porque quise pegar mi chicle en una zona atestada. Opté por hacer bola, envoltorio de papel y a rodar por el suelo de la sala.
La película empezaba voz en off y narración de tiempos adolescentes en la América de los años cincuenta. Habíamos ido a verla por la historia, nueva familia mafiosa, y el elenco protagonista: Ray Liotta, entonces muy prometedor, Robert de Niro y un desconocido Samuel L. Jackson. Puro Martin Scorsese de más de dos horas. El de la voz en off, lo supimos pronto, era Liotta. No sabía quien era Joe Pesci. Ni falta que me hacía.
Cuando vi su cara, la de Pesci, lo relacioné con un montón de películas más y enseguida se me hizo familiar. Fumaba compulsivamente, o eso me parecía. Todos los mafiosos lo hacen, casi todos, pero su porte italiano-chulesco-nacido en el Bronx, le conferían cierto aire de superioridad. ¡¡si hasta se carga al "Araña" por no servirle el gin-tonic a tiempo¡¡¡.
El Pall-Mall fue una especie de reminiscencia subliminal aportada por algún fotograma fugaz. Lo sacaban del maletero, montones de cartones, Pesci y Liotta al principio de la cinta.
A Joe Pesci, desde entonces, siempre le recuerdo fumando.
lunes, 15 de febrero de 2010
Tempus Fugit (II)
Estaba a unos quince quilómetros de nuestras casas. Los tres, todavía imberbes o con incipiente bigotillo, habíamos ido a pasar el día. Frente al mar. Con faro y playa de aguas heladas. Todavía no recuerdo porqué ni con quien.
Hacía frío y anochecía demasiado pronto así que calculo, con la traición propia del tiempo pasado, que debíamos estar a finales de otoño. Mis flirteos con el tabaco, desde el ducados del balcón, eran esporádicos y muy espaciados. Todavía no sentía la necesidad física de la nicotina. Fumar tenía algo de despertar sexual que nunca conseguí explicar.
En los grupos adolescentes siempre hay uno más osado, adelantado o maduro. Inconsciente diría yo. Coincidía, en este caso, que además era el más alto, grande y con más vello facial de los tres. Nos sentamos en una terraza al aire de la tarde a tomar, por aquel entonces, coca cola o cafés. Nos gustaba con hielo y mucho azúcar. Él sacó un paquete de "lucky" y nos ofreció. Nos miramos recelosos como esperando la reacción del otro. -¡joder¡, pensé, este fuma a la vista de todos y yo tengo que robar mis ducados y pasar frío para hacerme el adulto.- Me pregunté dónde compraría el tabaco o si lo habría hecho él mismo.
En aquel entonces cualquier menor podía pedir una cajetilla de "BN" o cualquier otra marca en cualquier sitio. Yo lo hacía habitualmente para mi padre pero pensaba que comprar un paquete de cigarros para consumo propio era inviable. Me pondría colorado y todos me mirarían.
Fumamos los tres. Sentados en aquella terraza mientras anochecía. Como veíamos hacer a nuestros padres. A nuestros responsables. Con aire intelectual. Exhalas el humo mientras, con la mano libre, te mesas la barbilla con interés. Lo tomamos con naturalidad, como si llevásemos haciéndolo toda la vida. Como el paso obligado hacia la madurez...
Hacía frío y anochecía demasiado pronto así que calculo, con la traición propia del tiempo pasado, que debíamos estar a finales de otoño. Mis flirteos con el tabaco, desde el ducados del balcón, eran esporádicos y muy espaciados. Todavía no sentía la necesidad física de la nicotina. Fumar tenía algo de despertar sexual que nunca conseguí explicar.
En los grupos adolescentes siempre hay uno más osado, adelantado o maduro. Inconsciente diría yo. Coincidía, en este caso, que además era el más alto, grande y con más vello facial de los tres. Nos sentamos en una terraza al aire de la tarde a tomar, por aquel entonces, coca cola o cafés. Nos gustaba con hielo y mucho azúcar. Él sacó un paquete de "lucky" y nos ofreció. Nos miramos recelosos como esperando la reacción del otro. -¡joder¡, pensé, este fuma a la vista de todos y yo tengo que robar mis ducados y pasar frío para hacerme el adulto.- Me pregunté dónde compraría el tabaco o si lo habría hecho él mismo.
En aquel entonces cualquier menor podía pedir una cajetilla de "BN" o cualquier otra marca en cualquier sitio. Yo lo hacía habitualmente para mi padre pero pensaba que comprar un paquete de cigarros para consumo propio era inviable. Me pondría colorado y todos me mirarían.
Fumamos los tres. Sentados en aquella terraza mientras anochecía. Como veíamos hacer a nuestros padres. A nuestros responsables. Con aire intelectual. Exhalas el humo mientras, con la mano libre, te mesas la barbilla con interés. Lo tomamos con naturalidad, como si llevásemos haciéndolo toda la vida. Como el paso obligado hacia la madurez...
sábado, 13 de febrero de 2010
Tempus Fugit
Mi tía tenía un SEAT 850. Era de color blanco cremoso y tenía los asientos rojos como de terciopelo. Cada día ella nos acogía en su casa, muy de mañana, para llevarnos al colegio. Teníamos que esperar poco más de una hora, con café y galletas, para emprender camino. Nueve quilómetros de paisaje rural, industrial y, finalmente, urbano. Frente al mar.
Mamá y papá nos besaban con cariño. No les veríamos hasta la tarde. La tía bajaba, todavía en pijama, a prepararse el desayuno. El suyo y nuestro segundo. Siempre repetíamos aunque mamá, en casa y una hora antes, ya había dispuesto zumo de naranja recién exprimido y sopas de galletas con cacao.
El olor era intenso a café recién molido y humeante. Lo percibíamos dormitando, los menos, o jugando a "vetúasaberqué", los más, sentados en un banco de madera, estrecho y lacado, justo frente a la puerta de la cocina. Ella nos daba nuestro segundo almuerzo y sorbía con deleite su café en taza grande e inundado de barquitos de pan del día anterior. Al segundo sorbo siempre buscaba su bolso. Con cuidado, como un ritual, sacaba su mechero, su tabaco y encendía, como para saludar la jornada y dar gracias por un nuevo día, su primer cigarro.
Era un ducados, denso y acogedor. Luego, antes de emprender camino, vendrían dos o tres más. Entre la ducha y el armario; entre cerrar la puerta y abrir el 850. - En el coche no se fuma, decía cada día como aleccionando nuestro futuro.
Mi primer cigarro fue un ducados. Humeante y acogedor. Se lo cogí a mi tía en un despiste fugaz e inocente. Me lo fumé en el balcón de casa al frío de una noche de marzo. Tenía catorce años y, todavía hoy, me arrepiento de no haberlo acompañado de una penetrante taza de café negro con pan.
Mamá y papá nos besaban con cariño. No les veríamos hasta la tarde. La tía bajaba, todavía en pijama, a prepararse el desayuno. El suyo y nuestro segundo. Siempre repetíamos aunque mamá, en casa y una hora antes, ya había dispuesto zumo de naranja recién exprimido y sopas de galletas con cacao.
El olor era intenso a café recién molido y humeante. Lo percibíamos dormitando, los menos, o jugando a "vetúasaberqué", los más, sentados en un banco de madera, estrecho y lacado, justo frente a la puerta de la cocina. Ella nos daba nuestro segundo almuerzo y sorbía con deleite su café en taza grande e inundado de barquitos de pan del día anterior. Al segundo sorbo siempre buscaba su bolso. Con cuidado, como un ritual, sacaba su mechero, su tabaco y encendía, como para saludar la jornada y dar gracias por un nuevo día, su primer cigarro.
Era un ducados, denso y acogedor. Luego, antes de emprender camino, vendrían dos o tres más. Entre la ducha y el armario; entre cerrar la puerta y abrir el 850. - En el coche no se fuma, decía cada día como aleccionando nuestro futuro.
Mi primer cigarro fue un ducados. Humeante y acogedor. Se lo cogí a mi tía en un despiste fugaz e inocente. Me lo fumé en el balcón de casa al frío de una noche de marzo. Tenía catorce años y, todavía hoy, me arrepiento de no haberlo acompañado de una penetrante taza de café negro con pan.
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